Última noche ecuatoriana
La noche fue más clemente que el día.
Hoy no me soportaba, no podía hacer otra cosa que esperar: a ti y a un vuelo.
Fumé cigarrillos hasta darme náuseas, completamente desganada o incapaz de hacerme un escáner psíquico con el que despedir a esta “yo” y preparar a la que está a punto de regresar. Quizá porque no quiero una ruptura, prefiero una transición: es decir, volver con algunas cosas viejas y otras nuevas en las maletas. He dejado en Ecuador ropa, cachivaches, cosméticos, incluso una buena cantidad de cabello y quizá algunos kilos, es verdad. Me llevo de vuelta solo lo que considero importante y un puñado de regalos para repartir.
No cerraré este proceso aquí, porque la verdad no sé cómo hacerlo, no sé qué cerrar, nunca cierro con llave, ni siquiera sé dónde están las llaves, ni miro la cerradura.
Puedo seguir adelante y dejar las puertas abiertas aunque sepa que les daré la espalda y no las cruzaré más, pero siempre dejo la posibilidad, a lo que hay dentro, de salir y venir a buscarme si así lo quiere conmigo. Aunque esta mi visión del tiempo sea un poco impopular…
Venus y Marte en Escorpio.
Interrogo a la astrología. Tampoco eso funciona.
Deliro.
Total, ya conoces todos mis pensamientos y todas mis emociones.
La noche ha sido más clemente que el día.
En la cena hubo mucho cariño también con les compañeres de la capital. Me siento de nuevo la chica del pueblito que va a la ciudad.
Quién sabe qué me hizo de malo aquella niña provinciana para que todavía le tenga rechazo.
La que vuelve es la misma Ali, pero distinta.
Creo haber aprendido en la selva amazónica a caminar en la oscuridad, y ahora ya no me da tanto miedo la idea de caminar en tu bosque sureño en una noche sin luna. Y menos aún a tu lado.
No sé qué visibilidad tienes tú en mi oscuridad: en cualquier caso, a mí me pareces un felino. Te mueves con destreza, no te golpeas en ningún lado, encuentras interruptores de luz que yo ni siquiera sabía que existían.
Gracias por estos meses de gato, gracias por estos meses y basta. Gracias por los ríos de palabras que han corrido en nuestro diario compartido, en dios sabe cuántos mensajes y en horas de llamadas y videollamadas.
Podría seguir con una lista larguísima de agradecimientos, pero prefiero reservar algunos para el lenguaje del cuerpo, después de haber exprimido tanto nuestro lenguaje verbal.
Es mi última noche en Ecuador, pero no puedo dejar de pensar en mi nueva, primera noche en Europa, en España, en Barna, en una nube, entre tu cabello y tu barba y tu pelo de osito.
Todo lo que he aprendido aquí ha sido: a amarte.
